¿Es posible avanzar de forma cooperativa en el desarrollo de ensayos clínicos con cannabinoides?

Por Guillermo Velasco

Profesor titular del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular I, Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Junta directiva del Observatorio Español de Cannabis Medicinal.

Las investigaciones desarrolladas durante las últimas décadas han permitido acumular un conocimiento amplio acerca de las bases celulares y moleculares sobre las que se fundamentan las acciones de los cannabinoides en nuestro organismo. Así, sabemos bastante acerca de las propiedades terapéuticas de algunos cannabinoides (principalmente el delta-9-tetrahidrocannabinol- o THC y también, aunque en menor medida, el cannabidiol – CBD) y también, por tanto, de las preparaciones o extractos derivados del cannabis que contienen estos cannabinoides en distintas proporciones. Sin embargo, a pesar de esos avances, hay numerosas cuestiones que permanecen abiertas y que hacen imprescindible desarrollar muchos más estudios, tanto básicos y preclínicos como clínicos, que permitan en unos casos consolidar y en otros explorar o corroborar la utilidad de los cannabinoides y sus derivados en el tratamiento de distintas enfermedades.

En este texto, tras repasar los pasos que tradicionalmente llevan al desarrollo de nuevos fármacos, planteo algunas reflexiones acerca de cómo se podría avanzar en el desarrollo de estudios clínicos con cannabinoides de una manera cooperativa. En mi opinión, este tipo de investigación podría ser una forma eficaz de acelerar el desarrollo e incorporación de los cannabinoides naturales como una herramienta terapéutica más para el manejo de distintas enfermedades.

El proceso de desarrollo y aprobación de un fármaco

Una parte muy significativa de las medicinas de las que disponemos hoy en día ha seguido un largo proceso de desarrollo que ha culminado en su aprobación por parte de las agencias reguladoras. Hay que destacar que este proceso se basa en gran medida en el impulso de la industria farmacéutica. Por ello, antes de referirme a la situación de los cannabinoides, querría resumir brevemente en qué consiste para poder luego analizar en un contexto adecuado la situación en la que se encuentra el sector de los medicamentos cannabinoides y, en particular, de los cannabinoides naturales y el cannabis medicinal.

El desarrollo de un nuevo fármaco suele basarse inicialmente en la identificación de una molécula o moléculas con una potencial actividad terapéutica. En muchas ocasiones la identificación de esas moléculas se consigue tras un proceso de búsqueda denominado "screening" que permite encontrar aquellas que tienen una mayor actividad biológica y que potencialmente podrían llevar al desarrollo de un nuevo fármaco. Una cuestión esencial sobre la que se asienta el funcionamiento de la industria farmacéutica es la protección de esa nueva molécula o moléculas. Tan pronto como son identificadas como compuestos con potencial utilidad son patentadas. Se trata de un proceso que asegura que la molécula en cuestión pertenece a quien la ha patentado, que conserva la exclusividad de utilización durante un determinado periodo de tiempo. Luego volveremos sobre este asunto que resulta fundamental para entender el funcionamiento del sistema y también la situación en la que se encuentran algunos cannabinoides.

En cualquier caso, una vez identificada, una molécula candidata debe seguir un largo proceso de análisis en distintos modelos celulares o animales para ver si su actividad biológica es suficientemente prometedora. Igualmente, y no menos importante, hay que analizar si las propiedades físico-químicas de la molécula le confieren suficiente estabilidad y permiten que potencialmente pueda incorporarse en preparaciones farmacéuticas que puedan administrarse a los pacientes por una vía adecuada y que sea viable en enfermos con una determinada patología. Además, es necesario hacer pruebas en modelos animales para ver cómo se metaboliza esa molécula. Esas pruebas son necesarias para asegurar que pueden alcanzarse niveles terapéuticamente efectivos de la molécula en el organismo. Igualmente hay que comprobar que el compuesto administrado no produce toxicidad, o que cuando el organismo metaboliza dicho compuesto no genera un derivado de este que tenga toxicidad. Se trata, por tanto, de un proceso que suele durar varios años y en el que la mayor parte de moléculas candidatas son descartadas por uno u otro motivo.

Aquellos compuestos que superan esas fases iniciales y que se consideran prometedores, estables y sin toxicidad, al menos en modelos animales, pueden ser seleccionados para el desarrollo de ensayos clínicos. La fase de ensayos clínicos es la más costosa de todo el proceso. Los ensayos clínicos comienzan con una fase inicial (fase I) en la que se evalúa en unos pocos pacientes la posible toxicidad en humanos del compuesto o molécula en cuestión. A continuación, y si la fase I se ha superado con éxito, el compuesto puede pasar a una fase II encaminada a obtener los primeros indicios de la eficacia terapéutica de la molécula en humanos. Para ello, normalmente se comparan los efectos del tratamiento con el fármaco en estudio con los de un placebo (un compuesto sin actividad terapéutica) o - dependiendo del tipo de enfermedad – con otro tratamiento que ya esté aprobado y que se utilice normalmente para el tratamiento de los pacientes con esa enfermedad. El coste de esta segunda fase de estudio clínico que suele contar con decenas de pacientes, normalmente está en el rango de los varios cientos de miles de euros. Si en esta fase II se siguen obteniendo resultados prometedores que sugieren que el fármaco puede tener eficacia en el tratamiento de la enfermedad, quedaría el camino abierto para poder pasar a la fase III. Esta fase incluye analizar la eficacia del compuesto en cientos, a veces miles de pacientes de distintos hospitales y en muchas ocasiones de distintos países con el fin de poder obtener conclusiones ya casi definitivas acerca de la eficacia del fármaco. El coste de esta fase normalmente puede alcanzar varios, frecuentemente un par de decenas de millones de euros, por lo que su desarrollo frecuentemente está solo al alcance de empresas con una alta capacidad de inversión o del sector público. Una fase III exitosa donde tras hacer un análisis estadístico detallado se pueda concluir que el tratamiento con el fármaco es eficaz y seguro (en muchos casos además se exige que sea más eficaz que otros fármacos que se utilicen ya en el tratamiento de la enfermedad) conduciría a la aprobación del uso del medicamento por parte de las agencias reguladoras estatales o multinacionales (por ejemplo hay una agencia española (AEMPS) y también una agencia europea (EMA) del medicamento además de la famosa FDA "Food and drug administration" de Estados Unidos). Esta aprobación implicaría la inclusión en la lista de medicamentos que estarían aprobados para su uso en el tratamiento de la enfermedad concreta para la que se haya hecho ese estudio. Queda una última fase de vigilancia, la fase IV, que corresponde al análisis de la eficacia y seguridad del fármaco una vez que empieza a prescribirse y administrarse a pacientes de una manera más generalizada.

En el actual sistema los beneficios de la comercialización de un fármaco descansan en la exclusividad de su distribución gracias al sistema de patentes.

En este punto ha llegado el momento de que los pacientes puedan beneficiarse de manera generalizada del nuevo fármaco, pero también de que la compañía farmacéutica que invirtió una cantidad considerable de dinero en el desarrollo del mismo comience a recoger beneficios económicos de su venta y distribución. Y aquí volvemos de nuevo a la cuestión de las patentes que se comentó antes. Tras todo ese proceso una determinada compañía obtiene un compuesto que consigue superar todos los obstáculos y finalmente es aprobado por los organismos reguladores. El detalle que hace que el proceso sea rentable para la compañía se basa en que solo ella tiene el derecho de producir y distribuir en exclusividad durante una serie de años ese medicamento. Eso también le permite a la compañía negociar un precio de venta con sus clientes. Y, claro, los principales clientes de las compañías farmacéuticas, al menos en Europa donde existe una seguridad social que cubre la mayor parte del coste de los medicamentos, son los Estados. Se podrían escribir varios artículos completos acerca de los entresijos de esa negociación multimillonaria. En cualquier caso, baste decir que el balance final tras la explotación en exclusividad de los medicamentos que sí consiguen aprobarse compensa con creces la inversión realizada. Una vez que las patentes vencen y la exclusividad se pierde, otras empresas pueden fabricar ese medicamento que puede pasar a convertirse en lo que se denomina un "medicamento genérico" cuyo precio de venta y rentabilidad son menores. Así, quede para la reflexión que la industria farmacéutica obtiene cada año enormes beneficios que hacen que se encuentre entre los negocios (legales) más rentables.

Analicemos ahora, aunque sea de manera somera, la situación de los fármacos cannabinoides, la de los cannabinoides naturales y la del cannabis medicinal, así como las aproximaciones que se han seguido hasta ahora para su desarrollo.

Situación de los fármacos cannabinoides

La utilización con fines terapéuticos de la marihuana y sus derivados por parte de muchos pacientes, sobre todo en algunas patologías relacionadas con los efectos secundarios de la quimioterapia de cáncer y SIDA, pero también de otras enfermedades como la esclerosis múltiple, puso de manifiesto que existía un gran potencial en la explotación farmacológica del sistema endocannabinoide. Además, a medida que se fueron identificando los distintos elementos de este sistema y también sus funciones fisiológicas se evidenció que el desarrollo de compuestos que pudiesen modularlo tenía un gran interés desde el punto de vista terapéutico.

Así, diversas empresas farmacéuticas convencionales han intentado desarrollar compuestos propios que actuasen sobre el sistema endocannabinoide. De manera general se han utilizado tres estrategias que descansarían sobre el modelo de desarrollo descrito más arriba: (i) identificar y desarrollar moléculas que sean agonistas de los receptores de cannabinoides (es decir compuestos que activen estos receptores); (ii) desarrollar moléculas que sean antagonistas de los receptores de cannabinoides (es decir, compuestos que los bloqueen); y (iii) desarrollar compuestos que bloqueen la degradación de endocannabinoides y que, por tanto, contribuyan a elevar sus niveles en el organismo. Estos compuestos también producen, aunque de manera indirecta, una activación de los receptores de cannabinoides.

Por distintos motivos hasta el momento ninguna de estas estrategias ha resultado demasiado exitosa de cara al desarrollo de nuevos fármacos. En el caso de los agonistas de receptores de cannabinoides, se han conseguido producir varios muy potentes, pero los potenciales efectos secundarios en humanos asociados a una elevada psicoactividad han dificultado su desarrollo, por lo que es una vía que no parece que vaya a permitir producir nuevos fármacos, al menos en el corto plazo. En cuanto a los antagonistas de receptores de cannabinoides la empresa farmacéutica Sanofi desarrolló el Rimonabant, un antagonista del receptor CB1, que se desarrolló como un fármaco contra la obesidad al que se denominó "Acomplia". El fármaco llegó a ser aprobado, pero tuvo que ser retirado del mercado cuando se vio que la inhibición del receptor CB1 podía producir depresión en los pacientes que se trataban con el fármaco. Finalmente, hay varias compañías tratando de desarrollar inhibidores de algunas de las enzimas implicadas en la degradación de endocannabinoides. En el año 2016, durante el desarrollo del ensayo clínico en fase I de uno de estos inhibidores (el BIA 10-2474), se produjo un grave accidente que hizo que uno de los voluntarios de la fase I muriera y otros experimentaran graves síntomas neurológicos. Aunque es muy probable que este accidente se debiera a un efecto inespecífico del compuesto, lo cierto es que la situación generada ha ralentizado mucho el desarrollo de otros fármacos con un mecanismo de acción similar.

En definitiva, aunque no hay que descartar en absoluto que en el futuro puedan aparecer fármacos basados en cualquiera de esas tres estrategias u otras diferentes, no es esperable que esos fármacos vayan a estar disponibles a corto o medio plazo.

Fármacos cannabinoides basados en compuestos naturales

Así, el tipo de aproximación que ha tenido un mayor desarrollo hasta el momento, aunque también tiene asociadas algunas complicaciones que ahora se discutirán, es la utilización terapéutica de los cannabinoides naturales de la planta u otros ligeramente modificados derivados de ellos. De hecho, los primeros fármacos cannabinoides tenían como principio activo el THC o una forma sintética del mismo (el dronabinol), que es la base del medicamento Marinol. Este fármaco se aprobó en los años 80 del pasado siglo para algunas aplicaciones como el control de las náuseas y el vómito asociados a la quimioterapia del cáncer, y posteriormente como estimulador del apetito en pacientes con SIDA. Una aproximación similar se siguió con la nabilona (Cesamet), en este caso una molécula muy similar al THC con una ligera modificación que también se aprobó para aplicaciones similares. Ninguno de estos dos medicamentos ha acabado teniendo una gran aceptación fundamentalmente debido a su psicoactividad, que limita el rango de dosis en la que se pueden utilizar, por lo que su uso ha acabado siendo bastante restringido.

En este punto es importante tener en cuenta que a diferencia de los compuestos que se han discutido un poco más arriba (todos ellos seleccionados por su capacidad para actuar sobre una determinada diana molecular), los compuestos naturales, como por ejemplo los cannabinoides THC o CBD, no pueden patentarse. Sí es posible patentar la utilización de determinadas combinaciones de compuestos naturales o preparaciones específicas de esas combinaciones para determinados usos.

Así, dentro de los fármacos cannabinoides encontramos también aquellos que son extractos de Cannabis sativa. Estos extractos (o "Botanical drug substances") contienen una mezcla de composición controlada de cannabinoides y también, aunque de forma minoritaria, otros componentes de la planta. La ventaja más importante de esta aproximación a la que volveremos cuando repasemos la opción del cannabis medicinal es que las preparaciones de la planta no solo contienen THC sino también CBD y otros cannabinoides, lo que hace que sean mucho mejor toleradas por los pacientes que experimentan una menor psico-actividad. Los medicamentos de este tipo que se han aprobado son principalmente: Nabiximols (comercializado como Sativex y producido por GW Pharmaceuticals) que es una mezcla de dos extractos diferentes de Cannabis sativa que contiene cantidades iguales de THC y de CBD, y también Epidiolex, que conteniene principalmente CBD con cantidades muy pequeñas de THC (también producido por GW pharmaceuticals). Se han desarrollado numerosos ensayos clínicos con estos medicamentos que han sido finalmente aprobados para algunas aplicaciones: en Europa y Canadá (Sativex para el tratamiento del dolor y la espasticidad asociados a la esclerosis múltiple) y en Estados Unidos (Epidiolex para el tratamiento de síndromes de epilepsia refractaria en niños).

Situación del cannabis medicinal

Por último, pero no menos importante, se encuentran los programas de cannabis medicinal que también se basan en la utilización de extractos o preparaciones de cannabis y que ya se están implementando en muchos países. No me referiré con detalle a estos programas en este artículo ya que se han cubierto de manera amplia en otros textos publicados en este mismo foro. En todo caso, a diferencia de los medicamentos descritos más arriba, la composición de estos extractos es más variable ya que pueden contener diferentes proporciones de cannabinoides y es frecuente que exista variabilidad en la composición de los distintos lotes. Por otro lado – aunque en términos prácticos podrían considerarse como equivalentes a medicamentos genéricos que contienen los principios activos de la planta – su uso para diversas aplicaciones no está en la mayor parte de las ocasiones sustentado por ensayos clínicos desarrollados específicamente para comprobar la eficacia de cada extracto concreto.

Es imprescindible hacer más ensayos clínicos con cannabinoides

Numerosos análisis, siendo quizá uno de los más conocidos el de la academia de ciencias de Estados Unidos, han estudiado la evidencia obtenida mediante el desarrollo de ensayos clínicos acerca de la eficacia de lo cannabinoides para el tratamiento de distintas enfermedades. Como se discutía por ejemplo en el resumen publicado por Ekaitz Agirregoitia en este mismo foro, esos análisis han permitido concluir que existe una evidencia sólida para algunas de las actividades terapéuticas de los cannabinoides, mientras que para otras la evidencia es menos sólida, moderada o aún no concluyente.

¿Por qué, en algunos casos, esa evidencia es moderada o no concluyente? Una posibilidad podría ser simplemente que los cannabinoides no fuesen eficaces en el tratamiento de algunas de esas enfermedades. Pero en la mayor parte de los casos la respuesta es simplemente que no disponemos de suficiente información de ensayos clínicos como para poder extraer una conclusión definitiva. A veces porque se han hecho muy pocos ensayos clínicos para una determinada aplicación y otras veces porque existen problemas de diseño en los que se han terminado. Esos problemas pueden ser de diversa índole, por ejemplo, que no se hayan desarrollado con un número suficientemente grande de pacientes como para obtener una conclusión estadísticamente significativa, que no incluyesen un grupo control adecuado o que, en definitiva, no fuesen comparables entre sí, etc. Ante esta situación, y como se comentaba al principio de este texto, resulta imprescindible el desarrollo de más y mejores ensayos clínicos para ayudar a fortalecer y consolidar la aplicación terapéutica del cannabis y sus derivados.

Por lo que sabemos hoy, los cannabinoides responsables de la mayor parte de la actividad terapéutica de la marihuana y sus derivados son el THC y el CBD. Por tanto, esos ensayos deberían desarrollarse prioritariamente con fármacos (incluyendo dentro de esa categoría también los extractos o preparaciones de calidad farmacéutica) que contuvieran cantidades bien definidas de estos dos cannabinoides. Esos ensayos serán fundamentales para obtener evidencias más sólidas acerca de algunas de las propiedades terapéuticas de estos dos compuestos, para conocer mejor cuáles son las dosis óptimas y las mejores vías de administración para cada tipo de enfermedad, y también para entender cuáles son las características moleculares que determinan una mejor o peor respuesta o unos mayores o menores efectos secundarios tras el tratamiento con estos compuestos.

¿Cómo avanzar en el desarrollo de más ensayos clínicos con cannabinoides?

Como se discutía anteriormente desarrollar ensayos clínicos no es un proceso sencillo. Para empezar, es imprescindible disponer de medicamentos que cumplan con los requisitos exigidos por las agencias reguladoras en cuanto a su composición bien determinada y a su elaboración siguiendo las normas de buenas prácticas de fabricación (o GMP por las siglas en inglés de "Good Manufacturing Practices"), un proceso costoso. Por otro lado, es necesario disponer de cuantiosos fondos para financiar estos estudios.

Así, una parte significativa de los estudios clínicos que se han desarrollado con cannabinoides (y particularmente con THC y CBD) se han hecho utilizando Nabiximols/Sativex y más recientemente Epidiolex. La importancia de los estudios desarrollados con estos dos medicamentos es incuestionable, como lo es la legitimidad de cualquier compañía farmacéutica y (en este caso de GW Pharmaceuticals) para defender sus intereses y obtener el máximo beneficio económico de sus inversiones. Sin embargo, sí conviene resaltar que esta situación constituye un cuello de botella para el desarrollo de otros estudios que no maximiza el avance del conocimiento de la actividad terapéutica de los cannabinoides ni tampoco ayuda a los pacientes que se podrían beneficiar de la utilización de otros fármacos cannabinoides que contuvieran los mismos principios activos, pero en otras proporciones o presentaciones.

Por tanto, en mi opinión, es imprescindible avanzar en el desarrollo de estudios clínicos adicionales con fármacos que contengan THC y CBD utilizando una fórmula que no esté restringida por los intereses de una compañía farmacéutica en particular. La cuestión es ¿quién está en condiciones de desarrollar esos estudios? y – no menos importante - ¿quién está dispuesto a hacerlo? ¿es posible amortizar la inversión necesaria? No hay una única respuesta a esas preguntas, aunque como ahora discutiremos, sería deseable que una parte significativa del peso de esos estudios clínicos recayera sobre la industria del cannabis.

La situación de la Industria del cannabis con respecto a las aplicaciones terapéuticas de los extractos de cannabis

Tras la aprobación del uso del cannabis medicinal e incluso lúdico en varios países se ha producido una expansión muy significativa del número de compañías productoras de cannabis y de sus derivados. Las inversiones y crecimiento en este sector han sido muy destacados en los últimos años habiéndose producido una importante acumulación de capital en esas empresas.

Sin embargo, con un panorama muy diferente de regulación entre los distintos países, las posibilidades de comercialización de productos en muchos casos son aún limitadas. En aquellos países o estados donde el uso del cannabis con fines lúdicos está aprobado, una clara línea de negocio se basa en ofrecer productos al consumidor recreacional de cannabis. Por otro lado, en los países que han aprobado ya programas de cannabis medicinal, existe la opción de proporcionar productos cuyo fin es terapéutico y que lógicamente deben cumplir unos requisitos diferentes en cuanto a las condiciones de seguridad (más parecidas a las de un medicamento) y también en cuanto a las cantidades de principios activos presentes en esas preparaciones cuyas dosis deben conocerse de manera precisa.

Como se ha comentado más arriba, la evidencia acumulada hoy en día indica que el efecto terapéutico de esos extractos se debe fundamentalmente al contenido de THC y CBD. Recordemos que una limitación de los cannabinoides naturales de la planta es que no pueden patentarse. Por ello una opción por la que ha optado una parte de la industria es la de buscar dentro de diferentes extractos de cannabis la presencia de determinados componentes, incluyendo cannabinoides minoritarios y terpenos que tengan actividad terapéutica. Esta aproximación se basa en la idea de que la presencia de otros cannabinoides minoritarios, así como de distintos terpenos, produciría el llamado "entourage effect" o efecto séquito. Hoy en día existe poca evidencia científica para justificar la existencia de ese efecto séquito y mucho menos de que este confiera una selectividad al extracto para el tratamiento de una u otra patología. Sin embargo, es frecuente que a determinados extractos o preparaciones de cannabis se les atribuyan propiedades terapéuticas específicas para el tratamiento de una u otra enfermedad en base a la presencia de algunos de esos componentes minoritarios. Según esa aproximación cada compañía encontraría SU propia fórmula o fórmulas de combinación de diferentes componentes. Sin duda es una estrategia interesante a largo plazo, aunque puede resultar complicado encontrar esa combinación y sobre todo identificar sus múltiples posibles dianas farmacológicas y probar que la acción terapéutica de esos extractos no se debe únicamente a la presencia de THC y CBD. Por ello, en mi opinión, hasta que no sepamos más del efecto séquito se trata de una estrategia fundamentalmente de marketing, que puede ser entendible para el uso lúdico de esas preparaciones, pero no (al menos por lo que sabemos hoy en día) para su utilización terapéutica, que lógicamente debe estar sustentada en la evidencia científica. En cualquier caso, la cuestión es si sería posible desarrollar en paralelo una estrategia que permitiera que la industria de cannabis pudiera dedicar al menos una parte de sus recursos al desarrollo de ensayos clínicos cooperativos.

Una posible solución: el desarrollo de ensayos clínicos cooperativos con cannabinoides.

Teniendo en cuenta todo lo que se ha discutido ya en este artículo puede ser complicado que una compañía farmacéutica relacionada con la industria del cannabis se lance al desarrollo de ensayos clínicos si no es con un fármaco o preparación cuya propiedad intelectual esté protegida. ¿Cómo salvar este escollo? Una posibilidad para poder avanzar en el desarrollo de ensayos clínicos y poder obtener resultados que puedan traducirse en un beneficio para los pacientes de la manera más rápida posible es que la responsabilidad de esos ensayos no recaiga en una única compañía. Se trata de una opción que ya se ha explorado en otras ocasiones para diversas enfermedades y que se basaría en el establecimiento de uno o varios consorcios internacionales. Esos consorcios podrían estar formados por varias compañías farmacéuticas o con intereses en el mundo del cannabis medicinal, que de manera conjunta aportasen los recursos necesarios para poder desarrollar ensayos clínicos en los que se analizase el potencial terapéutico de los cannabinoides y prioritariamente del THC, el CBD y sus combinaciones. Podría haber muchas fórmulas para establecer ese tipo consorcios en los que habría que determinar los distintos grados de participación de cada compañía, pero su base podría ser que ninguna de ellas corriese en solitario con los gastos y los riesgos de acometer esos ensayos clínicos de manera individual. Idealmente estas iniciativas podrían también recibir donaciones por parte de fundaciones u organizaciones sin ánimo de lucro (muchas de las cuales ya están de hecho recolectando fondos con ese objetivo) o incluso entidades públicas que tuvieran interés en fomentar el desarrollo de la investigación clínica con cannabinoides. El mayor beneficio de este tipo de aproximación sería que idealmente permitiría obtener recursos suficientes como para desarrollar ensayos clínicos que de otra manera sería complicado llevar a cabo. El desarrollo de esos ensayos conduciría a reforzar de una manera más rápida y transparente la evidencia científica en la que se basa la posible utilización de cannabinoides para diferentes aplicaciones terapéuticas. Obviamente sería esencial establecer las características de los fármacos cannabinoides que se utilizarían en esos ensayos de manera que fuesen fácilmente estandarizables. Idealmente, en los casos en los que los resultados fuesen positivos, esta aproximación facilitaría la aprobación por parte de las agencias reguladoras de determinadas preparaciones o medicamentos cannabinoides genéricos para determinadas aplicaciones. De esa manera, las empresas o compañías que estuviesen acreditadas podrían tener la posibilidad de fabricar, distribuir y comercializar esos productos genéricos que una vez aprobados podrían recetarse y emplearse en un mayor número de aplicaciones.

Se trata obviamente de una aproximación heterodoxa desde el punto de vista empresarial, pero que, en mi opinión podría contribuir de manera decisiva a acelerar la investigación clínica con cannabinoides, algo que hoy en día resulta imprescindible para mejorar la situación de los millones de enfermos que podrían beneficiarse de las propiedades terapéuticas de los cannabinoides y cuya situación no puede esperar.

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