Ciencia y Pseudociencia en el mundo del cannabis medicinal

Por Guillermo Velasco

Profesor titular del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular I, Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Junta directiva del Observatorio Español de Cannabis Medicinal.

Existe base científica y médica sólida que sustenta la utilización terapéutica de los cannabinoides en el manejo de muchas enfermedades, pero eso no significa que la planta vaya a ser la solución casi mágica a todos los problemas de salud.

En un artículo reciente, Ekaitz Agirregoitia resumía los aspectos más importantes del estudio comparativo y recopilatorio llevado a cabo por la Academia de ciencias de Estados Unidos y publicado en 2017 donde se analizaba la evidencia científica que sustentaba la utilización terapéutica de estos compuestos. En el estudio, se indica que en algunos casos existen evidencias concluyentes o sustanciales que apoyan la utilización de cannabinoides en el tratamiento, por ejemplo, del dolor crónico en adultos o las náuseas y vómitos inducidos por la quimioterapia. El estudio también concluye que hay otras posibles aplicaciones para las que la evidencia que sustenta la existencia de un beneficio asociado a la utilización de cannabinoides es aún moderada, limitada o insuficiente; bien porque todavía resulta necesario realizar estudios adicionales para aclarar su potencial terapéutico en el tratamiento de una determinada enfermedad, o bien simplemente porque los cannabinoides podrían no ser eficaces en el tratamiento de alguna de esas enfermedades.

Pero ¿qué se requiere para poder avanzar en la consolidación de las evidencias que sustentan una afirmación científica, como por ejemplo la posible utilización de los cannabinoides para el tratamiento de una determinada enfermedad? Como siempre que nos referimos a conclusiones basadas en evidencia, el trabajo de investigación que puede ayudar a aclarar y consolidar cualquier observación avanza lentamente porque requiere del desarrollo de múltiples experimentos en modelos preclínicos. Así, para entender los efectos de los cannabinoides en una determinada enfermedad, la aproximación habitual sería desarrollar experimentos en modelos celulares y animales de esa enfermedad, donde se pueda analizar con detalle el efecto de los cannabinoides, pero también desarrollar otros experimentos encaminados a entender el mecanismo por el que estos compuestos ejercen sus efectos. Muchas de estas aproximaciones experimentales son laboriosas, deben ser repetidas en múltiples ocasiones para estar seguros de que son reproducibles y tienen un importante coste económico. Además, al final de ese proceso no basta con haber obtenido los resultados que creemos que ratifican nuestra idea, sino que el trabajo debe ser recopilado de manera sistemática y enviado a publicar a una revista científica, donde será revisado de manera exhaustiva (y anónima) por otros investigadores que sean especialistas en el campo de que se trate. Estos revisores deben evaluar, y en su caso refrendar, la calidad y validez de los resultados obtenidos, y por tanto en numerosas ocasiones piden que se aporte información adicional, o que se desarrollen nuevos experimentos que terminen de convencerles de la validez y relevancia de las conclusiones del trabajo presentado.

Por otra parte, el proceso de aceptación de un determinado descubrimiento no termina una vez que se ha publicado el estudio que lo apoya en una revista científica. Para que las conclusiones del mismo se consoliden y acepten de manera general debe ir poco a poco reuniendo el consenso de la comunidad científica, que normalmente esperará a que sea corroborado por otros investigadores diferentes. Si, además, se trata de un estudio que implica una posible nueva aplicación terapéutica en humanos, a esos estudios preclínicos es necesario sumarles los estudios clínicos, de nuevo un proceso largo y costoso que debe demostrar de manera clara los beneficios de una determinada terapia, así como de sus ventajas frente a los tratamientos ya existentes.

Por supuesto, el método científico que acabo de describir brevemente no está libre de defectos y problemas y, sin duda, es susceptible de ser mejorado en muchos aspectos, pero la filosofía que se esconde detrás del mismo es asegurar que una afirmación científica esté sustentada por evidencias derivadas de estudios que han sido revisados, avalados y ratificados por otros científicos especialistas en el campo de que se trate y que, por tanto, pueden ser asumidas con un alto grado de fiabilidad. ¿Se trata de un proceso infalible e inamovible? Por supuesto que no. Existen múltiples ejemplos de dogmas científicos bien establecidos que han acabado siendo modificados o superados por otros estudios posteriores. Sin embargo, esos estudios posteriores habrán tenido que pasar por unos duros controles previos en los que han tenido que demostrar que lo que se creía hasta ese momento estaba equivocado y que la nueva propuesta o conclusión es verdadera.

¿Cómo encaja este método científico en la sociedad de la inmediatez en la que nos encontramos inmersos? Pues, aunque es indudable que la posibilidad de comunicar información rápidamente a través de internet o redes sociales tiene muchas ventajas (y esta misma serie de artículos, es una buena muestra de ello) también es cierto que en algunas ocasiones contribuye a la rápida divulgación de bulos que carecen de la mínima validez científica. Hoy en día es bastante fácil crear una idea, dotarla de una cierta dosis de credibilidad pseudocientífica y divulgarla a través de las redes sociales como si fuese una verdad irrefutable que estaba ahí pero que nos han querido ocultar. Para lanzar una de estas ideas no son necesarios los numerosos controles que el método científico impone. Existen numerosos ejemplos de afirmaciones que se basan en una información sesgada, cuando no falsa, y que han conseguido convencer a una parte significativa de la sociedad de que esa afirmación es cierta. Quizá uno de los ejemplos más escalofriantes es el de los colectivos antivacunas, que esgrimiendo argumentos pseudocientíficos falsos o distorsionados, han conseguido que muchas familias con niños pequeños dejen de seguir los programas de vacunación (sin duda uno de los avances médico-científicos que ha contribuido a salvar un mayor número de vidas en la historia de la humanidad).

Desgraciadamente, este tipo de creencias pseudocientíficas también son frecuentes en el campo del cannabis medicinal. El estudio publicado por la Academia de Ciencias de Estados Unidos, citado al comienzo de este artículo, constituye una muy buena recopilación de lo que se sabe (o se sabía en 2017) y de lo que tiene una evidencia sólida, pero también de lo que no se sabe o aún hay que explorar en mayor profundidad para poder extraer una conclusión definitiva.

Sin embargo, en determinados foros y reuniones vinculadas al mundo del cannabis (y una simple búsqueda en internet puede demostrarlo) se suele ir mucho más allá a la hora de dar por completamente demostradas hipótesis que carecen de una mínima demostración científica o de exagerar excesivamente las propiedades terapéuticas de los cannabinoides. En algunas ocasiones hay foros en los que, utilizando argumentos pseudocientíficos, se presenta el cannabis y sus derivados como la auténtica panacea con la que todo puede curarse. Por ejemplo, hace aproximadamente un año asistí a una reunión a la que fui invitado como ponente para hablar de nuestras investigaciones acerca del potencial antitumoral de los cannabinoides. Antes incluso de dar mi charla, me encontré con que uno de los otros ponentes (una persona muy conocida en el mundo del cannabis, que había trabajado como científico pero que ahora se ha convertido en un destacado activista) hacía una reinterpretación completamente especulativa de nuestros resultados y de los de otros investigadores, proponiendo una serie de mecanismos que no estaban demostrados y recomendando abiertamente sustituir cualquier terapia antitumoral por un tratamiento a base de aceite de cannabis. Traté de hacerle ver que lo que él planteaba eran hipótesis construidas a partir de las observaciones de otros y que, aunque atractivas y potencialmente interesantes, aún debían ser comprobadas experimentalmente. Además, le indiqué que, a mi juicio, era muy peligroso presentar como hechos completamente establecidos hipótesis que de momento eran completamente especulativas, particularmente cuando tienen el potencial de influir en el tipo de tratamiento que van a recibir los pacientes de cáncer. Obviamente, a pesar de que entramos en un apasionado, aunque cordial debate, no conseguí convencerle de que cambiara su punto de vista. Mi sensación, y quizá esté equivocado, es que era más una cuestión de fe, casi de fanatismo religioso, que de razón...y ante la fe ciega hay poco que se pueda hacer...

Creo que la actitud de este activista y de otros muy conocidos dentro del mundo de la marihuana medicinal, además de no estar basada en hechos probados, resulta contraproducente para avanzar hacia la normalización de la utilización terapéutica del cannabis y sus derivados. Además, estos planteamientos, particularmente en el caso de enfermedades tan graves como el cáncer, pueden ser peligrosos ya que pueden llevar a que haya pacientes que decidan renunciar a tratamientos médicos de los que podrían beneficiarse.

En mi opinión, para avanzar en la regulación del cannabis medicinal tenemos que convencer a la comunidad médica y científica de sus propiedades terapéuticas, utilizando para ello las evidencias científicas que estén disponibles y desarrollando estudios adicionales si es necesario. La utilización de argumentos no contrastados científicamente seguramente acabe siendo tan perjudicial para conseguir la regularización de la utilización terapéutica de los cannabinoides como las actitudes conservadoras que le niegan cualquier beneficio terapéutico.

Estoy convencido de que los cannabinoides y sus derivados ocuparán – de hecho, ya lo están haciendo - el lugar que merecen como agentes terapéuticos útiles para el tratamiento o manejo de diversas enfermedades. En cualquier caso, en mi opinión, deben ser las evidencias científicas ya disponibles (más las de los numerosos estudios ya en marcha o que se desarrollarán durante los próximos años) y no la fe, o las observaciones no contrastadas, las que marquen la pauta de ese proceso.